No recuerdo en qué momento dejé de respirar, si cuando me bajé del carro o cuando escuché el motor del auto de Daniel detrás del nuestro. Solo sabía que él venía siguiéndome como un depredador que siente que su presa se le escapa entre los dedos. Yo no quería escucharlo, no quería verlo, no quería existir cerca de él. Solo quería entrar, recoger a mi mamá, a mi bebé y largarme para siempre.Cuando el chófer abrió la puerta, bajé sin decir palabra. Daniel frenó justo detrás de nosotros. Lo vi por el rabillo del ojo bajarse tan rápido que casi se tropieza.—Elena… —me llamó, su voz ronca, cansada, desesperada.No respondí. Caminé directo hacia la puerta de la casa.—¡Elena, por favor, detente! —insistió.Seguí ignorándolo. Sentía sus pasos detrás de los míos. Mis manos temblaban, pero seguía avanzando.—¡Detente, carajo! Necesito hablar contigo, necesito… —su voz se quebró, pero no volteé.Entré a la casa. Él entró detrás.—Elena, siéntate, por favor. Solo quiero… —dijo, extendiendo la
Leer más