No recuerdo muy bien cómo logré bajar esas escaleras sin caerme. Mis piernas temblaban como si estuviera caminando sobre cristales rotos, y aún así seguí corriendo porque lo único que sabía en ese instante era que si me detenía, iba a gritar tan fuerte que me sacaría el alma por la garganta.
Detrás de mí escuchaba los pasos de Daniel, pesados, frenéticos, rozando casi el pánico.
—¡Elena, espera! —gritó.
Pero no. No iba a esperar absolutamente nada.
Mi cabeza daba vueltas, repetía en bucle las e