No recuerdo muy bien cómo logré bajar esas escaleras sin caerme. Mis piernas temblaban como si estuviera caminando sobre cristales rotos, y aún así seguí corriendo porque lo único que sabía en ese instante era que si me detenía, iba a gritar tan fuerte que me sacaría el alma por la garganta.
Detrás de mí escuchaba los pasos de Daniel, pesados, frenéticos, rozando casi el pánico.
—¡Elena, espera! —gritó.
Pero no. No iba a esperar absolutamente nada.
Mi cabeza daba vueltas, repetía en bucle las escenas que acababan de ocurrir. Lorenzo resultó no ser Lorenzo. Mi suegra había entrado llamándolo “hijo mío”. Y luego Manuel apareció como si nada, como si yo no fuera más que un fantasma en esa oficina llena de secretos.
Todo. Era. Demasiado.
Cuando llegué al lobby, las luces blancas, el murmullo de la gente, el sonido de los teclados… todo se mezcló en una especie de eco que me hacía sentir lejos de mi propio cuerpo. Me agarré del borde del mostrador porque sentí que iba a desmayarme.
Pero an