La puerta detrás de mí se abrió de golpe, como si alguien la hubiese empujado con fuerza. El aire cambió, como si todo se detuviera.Los tres se quedaron inmóviles: Daniel, sentado aún con las manos en la cabeza; Lorenzo, apoyado en el ventanal con esa sonrisa torcida; y yo, congelada.Y entonces la vi.La madre de Daniel.Elegante, suave, radiante, con esa sonrisa que siempre me había hecho sentir bienvenida.—¡Daniel, hijo! —exclamó ella avanzando apresurada, extendiendo los brazos.Mi corazón dio un salto, creyendo que iba hacia él.Pero no.No.Pasó de largo frente a su verdadero hijo…y se lanzó directamente a los brazos de Lorenzo.—¡Hijo mío! —exclamó ella, abrazándolo con fuerza, acariciándole la espalda como si fuera lo más preciado de su vida—. ¿Cuándo llegaste? ¡Dios mío, no me avisaste!Mi mente… simplemente dejó de funcionar.Sentí que la sangre se me bajaba a los pies.—No… —susurré—. No puede ser.Daniel se levantó de inmediato, pálido como si acabara de ver un fantasma
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