El estallido seco del disparo no se apagó. Se quedó suspendido en el aire cálido de la tarde, vibrando en los tímpanos, mezclándose con el leve zumbido que dejaba en los oídos. Luego, el silencio. No un silencio vacío, sino uno denso, pesado, cargado como la atmósfera antes de un tornado. El humo del arma serpenteaba, una línea gris y perversa que dibujaba el camino entre la mano de Alessandra y lo que había dejado de ser el rostro del señor Conti.Francesco estaba paralizado. Sus ojos, abiertos de par en par, no veían el cuerpo; veían la mancha oscura que crecía lenta, voraz, empapando las raíces del ciprés, un riachuelo arterioso que manchaba de óxido el verde perfecto del césped. Veía por segunda vez a su cuñada disparar un arma, pero en esta ocasión sin remordimiento.Thiago no se inmutó. Su cuerpo era una línea tensa, su arma aún apuntando a nada, a todo. Sus ojos, sin embargo, no estaban en el muerto. Escudriñaban los límites del jardín, las sombras de los setos, las ventanas de
Leer más