La luz pálida de la mañana se filtró a través de las pesadas cortinas de la habitación principal, pintando líneas doradas sobre las sábanas revueltas.Alessandra fue la primera en abrir los ojos. La realidad la golpeó de golpe, como un balde de agua fría, devolviéndole la memoria de la tortura, el secuestro y… la explosión de horas antes. Giró la cabeza sobre la almohada. A su lado, con una mano sobre su cadera, durmiendo boca abajo y con la respiración profunda, estaba Salvatore. La sábana apenas cubría sus caderas, dejando a la vista la espalda ancha surcada por pequeños rasguños rojos que ella misma había dibujado horas atrás.Se quedó mirándolo un segundo de más. El nudo en su pecho no era de odio, pero tampoco de paz absoluta. Era una tregua peligrosa.Con cuidado de no despertarlo, retiró el brazo y se deslizó fuera de la cama. Recogió la bata del suelo y, tras darle una última mirada al hombre que era su ruina y su salvación, salió en silencio hacia su propia habitación.La peq
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