Bajo el sol generoso de la tarde, la playa de arena blanca y polvo de coral era un lienzo de alegría pura. Leonardo, con sus piececitos enterrados en la arena, reía a carcajadas cada vez que una ola suave lamía la orilla y Arthur lo levantaba en el aire para esquivarla, haciendo el sonido exagerado de un motor. Fiore y Alessandro, ya con sus trajes de baño, construían un castillo de complicadas geometrías, discutiendo con seriedad arquitectónica sobre la ubicación de cada torre. Marcos, al otro extremo, con sus audífonos puestos, escuchaba música mientras arrojaba piedras al mar, formando ondas. Madeleine, sentada en una toalla, sonreía observándolos, dejando que la brisa salada le acariciara el rostro. Era una postal de normalidad, de paz robada.A unos metros, bajo la sombra fresca de una palmera cuyas hojas susurraban con el viento, Isabella observaba la escena. No con la sonrisa relajada de Madeleine, sino con una mirada perdida, atravesando la felicidad presente para anclarse en
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