La mansión Moretti se había convertido en una fortaleza sitiada por el silencio. En la entrada principal, el rugido de los motores de las camionetas blindadas rompía la quietud de la madrugada. Salvatore, Francesco y Alessandra estaban listos, con el equipo táctico ajustado y el rostro pintado de guerra. Charly se unió a ellos en el último momento; no llevaba su habitual sonrisa sarcástica, ni el brillo pícaro en los ojos. Estaba pálido, sus facciones eran de piedra y sus manos, enguantadas en cuero negro, sostenían un fusil de asalto con una familiaridad aterradora.Isabella salió al pórtico, flanqueada por Madeleine. Se cruzó de brazos, sintiendo el frío de la noche, pero sobre todo el frío de tener que quedarse atrás.—Me quedo con los niños —dijo Isabella, mirando a Salvatore y luego a Francesco con una advertencia en los ojos—. Pero mi mente y la mitad de mi corazón se va con ustedes. Vayan, recuperen a Gabrielle y regresen vivos, borren a cualquiera que se interponga.Salvatore
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