El eco de esas palabras, “Bienvenido, mi amor”, golpeó a Adrián con más fuerza que el puñetazo que lo había dejado inconsciente en Nueva York. Por un segundo eterno, pensó que el golpe finalmente había destruido su cordura y que su mente le estaba regalando una última alucinación piadosa antes de morir. Pero entonces, la tela oscura fue retirada de un tirón. La luz de la habitación, aunque tenue, le hirió los ojos, obligándolo a parpadear con desesperación hasta que la silueta frente a él cobró una nitidez imposible.No era un cadáver en el Hudson. No era una foto en un expediente policial. Era Sharon. Sus ojos, su aroma a jazmín y esa forma única en la que pronunciaba su nombre. Adrián sintió un estruendo en el pecho, como si su corazón, que había dejado de latir en aquel estacionamiento, se reiniciara de golpe con una descarga eléctrica.Sharon se arrodilló frente a él y, con manos que temblaban visiblemente, comenzó a desatar las cuerdas. En cuanto sus muñecas estuvieron libres, Ad
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