—No te vayas a reír de mí —le dijo desde el otro lado de la puerta del baño, apenas abierta para poder asomar la cabeza. Cyrus frunció el ceño. —¿Por qué iba a reírme de ti? —rebatió—. Sal ya. Quiero verte. Stella inspiró profundamente, dándose valor, y se apretó la bata de seda blanca alrededor del cuerpo. Se enderezó y empujó completamente la puerta, para salir del baño. Cyrus estaba sentado en el borde de la cama, con una postura relajada aunque en realidad estaba impaciente por ver la sorpresa de Stella. Así que, al verla, se enderezó y se puso tenso, ante la expectativa. Ella avanzaba nerviosa, dudosa, y Cyrus lo notó. —¿Tienes miedo, pequeña? —le preguntó, alargando la mano hacia ella cuando estuvo lo suficientemente cerca. Ella la agarró y negó con la cabeza. —Vergüenza. Cyrus tiró de su mano y la atrajo hacia sí, parándola entre sus piernas. Levantó la cabeza y la miró, absorbiendo cada centímetro de su belleza. —¿Por qué tienes vergüenza? —indagó, colocand
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