El cielo de Aspen estaba despejado, de un azul tan limpio que parecía recién estrenado. La nieve brillaba bajo el sol como si miles de pequeños cristales hubieran decidido reflejar la luz al mismo tiempo.
Para Stella, aquello era casi irreal porque en Nueva York, cuando nevaba, el cielo se volvía gris y apagado. Nunca había estado tan nítido como aquel de Aspen.
Se quedó quieta unos segundos frente a la ventana de la cabaña, observando el paisaje con una mezcla de emoción y nerviosismo.
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