El cielo de Aspen estaba despejado, de un azul tan limpio que parecía recién estrenado. La nieve brillaba bajo el sol como si miles de pequeños cristales hubieran decidido reflejar la luz al mismo tiempo.
Para Stella, aquello era casi irreal porque en Nueva York, cuando nevaba, el cielo se volvía gris y apagado. Nunca había estado tan nítido como aquel de Aspen.
Se quedó quieta unos segundos frente a la ventana de la cabaña, observando el paisaje con una mezcla de emoción y nerviosismo.
Nunca había esquiado. Nunca había estado siquiera cerca de una montaña nevada. Y ahora estaba allí, vestida con ropa térmica, pantalones especiales, una chamarra gruesa que la hacía verse aún más pequeña de lo que ya era, a punto de lanzarse por una pendiente.
—Respira —se dijo en voz baja—. Solo es nieve… mucha nieve.
Desde atrás, Cyrus la observó con una sonrisa suave. Le resultaba imposible no encontrarla adorable en ese estado: los ojos brillantes, las mejillas ligeramente rosadas por el