El silencio que siguió a la pregunta de Cyrus se volvió casi insoportable.
El crepitar de la chimenea parecía demasiado fuerte, el latido en el pecho de Stella demasiado rápido. Ella miró el anillo, luego el rostro de Cyrus arrodillado frente a ella, con esa mezcla de esperanza y vulnerabilidad que nunca antes había visto en él.
Stella tragó saliva.
Su expresión cambió.
La emoción que segundos antes brillaba en sus ojos se replegó, como si hubiera cerrado una puerta interna. Enderezó la espalda, respiró hondo y, con una seriedad que hizo que el aire se volviera pesado, habló.
—No.
La respuesta fue para Cyrus como un golpe seco directo al estómago.
Cyrus sintió que algo dentro de él se rompía.
Por un instante, no reaccionó. Sus manos se tensaron alrededor de la cajita abierta, su garganta se cerró y el mundo pareció inclinarse peligrosamente. No esperaba esa respuesta. No después de todo lo que habían vivido, construido, sanado juntos.
—Stella… —murmuró, apenas—. Yo…
Ella no