—No te vayas a reír de mí —le dijo desde el otro lado de la puerta del baño, apenas abierta para poder asomar la cabeza.
Cyrus frunció el ceño.
—¿Por qué iba a reírme de ti? —rebatió—. Sal ya. Quiero verte.
Stella inspiró profundamente, dándose valor, y se apretó la bata de seda blanca alrededor del cuerpo. Se enderezó y empujó completamente la puerta, para salir del baño.
Cyrus estaba sentado en el borde de la cama, con una postura relajada aunque en realidad estaba impaciente por ver