El silencio en el departamento de Nick era absoluto, roto solo por el susurro de la lluvia que ahora golpeaba los cristales con una cadencia hipnótica. Sin embargo, en la mente de Isabella, el mundo era radicalmente distinto.Eran las tres de la mañana cuando el sueño la atrapó. En su visión, no había edificios de cristal ni armas humeantes. Había un campo infinito de trigo dorado bajo un sol que no quemaba, sino que acariciaba. En el centro de aquel paraíso, un columpio de madera colgaba de un roble centenario. Nick estaba allí, vestido de blanco, con una expresión de paz que Isabella nunca le había visto en la vigilia. Entre ambos, mecían a un niño de unos dos años. El pequeño tenía el cabello castaño claro, alborotado por la brisa, y cuando reía, sus ojos azules —el azul exacto de Nick— brillaban con una pureza que le atravesaba el alma a Isabella.Las risas inundaban el lugar, un sonido tan cristalino que parecía borrar todas las muertes y traiciones del pasado. Luego, se tendiero
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