Una semana había transcurrido desde que Nick y su equipo salieron de la oficina de Scott para entrar en el infierno donde se encontraban ahora. El aire en el valle de Kandahar era una mezcla asfixiante de polvo de ladrillo, queroseno y muerte. El sol, un disco naranja que se filtraba a través de la calima de la pólvora, iluminaba el caos en el que se había convertido la Zona de Extracción (LZ). Las aspas de los Black Hawks cortaban el aire con un sonido rítmico, un thump-thump-thump que retumbaba en el pecho de Nick Walton Fitzgerald mientras se agachaba tras los restos de un blindado humeante.—¡Samuel, sector izquierdo! ¡Turner, Kael, no dejen que se acerquen a ese flanco! —rugió Nick por el comunicador, su voz compitiendo con el estruendo de las ametralladoras pesadas.A su lado, el joven marine de diecinueve años, el hijo del Jefe de Guerra, temblaba como una hoja. Tenía el rostro cubierto de sangre ajena y los ojos desorbitados. Nick lo agarró por el chaleco, obligándolo a mirarl
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