La mañana en Grindelwald despertó con un sol brillante que rebotaba sobre la nieve virgen, creando un espectáculo de diamantes naturales que obligaba a usar gafas oscuras. El aire era tan puro que quemaba los pulmones al inhalar, una sensación de limpieza que contrastaba con la turbiedad de los negocios que Isabella manejaba en la ciudad. Gerald, desde la distancia, lo había dejado todo dispuesto: el Eiger Express, la moderna cabina de tricable, las esperaba para llevarlas hacia el Jungfraujoch, la estación de ferrocarril más alta de Europa.Isabella y Alessandra subieron a la cabina privada, escoltadas por Carter y Arthur, quienes se mantenían en un silencio profesional, aunque sus ojos no dejaban de escanear cada rincón. Mientras el teleférico ascendía verticalmente frente a la cara norte del Eiger, el mundo de abajo desaparecía, reemplazado por un reino de hielo eterno y roca negra.—Es como si el tiempo se detuviera aquí arriba —murmuró Alessa, capturando fotos de los glaciares qu
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