La lluvia cesó justo cuando el sol salió, dejando el cielo gris y el aire pesado.Killian y yo volvimos a la fortaleza caminando despacio, sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido para darnos un respiro. Mi vestido rojo estaba hecho jirones, pegado a la piel por la sangre y el agua. La katana colgaba pesada en mi espalda, la hoja todavía tibia por el uso. Killian cojeaba de la pierna herida, pero no soltaba mi mano. Sus dedos apretaban los míos con una fuerza que decía: no te suelto. Nunca más.Las puertas de la fortaleza se abrieron antes de que tocáramos el timbre.Papá estaba en el umbral, pistola en la mano derecha, el rostro tallado en piedra. Mamá a su lado, rifle apoyado en el hombro, ojos fieros pero húmedos. Anya y Gia flanqueaban la entrada, armas listas. Los niños mayores —Luan, Arben— vigilaban desde las ventanas superiores con rifles apuntando hacia abajo. Rosalia y Misha miraban desde la escalera, con los ojos muy abiertos pero sin miedo. Ya habían visto sangre a
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