El túnel parecía haberse vuelto más estrecho, más oscuro, como si las paredes se cerraran sobre nosotros para tragarnos vivos. Killian pesaba en mis brazos como si ya estuviera muerto. Su sangre caliente empapaba mi ropa, corría por mis manos, se metía entre mis dedos. No paraba. No importaba cuánta presión hiciera sobre la herida de su costado, seguía brotando.—¡Killian! —grité,con la voz ronca, irreconocible—. ¡Quédate conmigo, maldita sea! ¡No te atrevas a cerrarlos!Sus ojos se entreabrieron un segundo. Esos ojos ámbar que me habían perseguido desde el primer día, ahora son opacos, vidriosos. Intentó sonreír, pero solo salió una mueca llena de sangre.—Luna… —susurró, tan bajo que casi no lo oí por encima de los disparos lejanos y los gritos de Anya pidiendo ayuda—. Te… te amo.Su cabeza cayó hacia un lado.El mundo se detuvo.Grité. Un grito animal, desgarrado, que reverberó en las paredes húmedas del túnel. Papá llegó primero, pálido como nunca lo había visto. Me quitó a Killia
Leer más