—¿Crees que lo hice yo, Fiona? —preguntó Martín con la voz quebrada, incapaz de ocultar el dolor que le provocaban aquellas palabras—. ¿De verdad no me conoces, hija?Fiona temblaba. Su respiración era entrecortada, sus ojos estaban inundados de lágrimas que caían sin control.—¡Tú lo odias! —gritó con desesperación, la voz se le quebró—. Dime, ¿por qué? ¿Por qué? Él es inocente, lo juro. ¡Nunca haría algo así, papá, nunca!Martín dio un paso hacia ella, con las manos extendidas, intentando calmarla.Verla tan frágil, tan herida, lo desgarró. Su rostro, pálido y lleno de angustia, lo hizo sentir el hombre más miserable del mundo.—Hija, mírame —dijo con ternura desesperada—. No tuve nada que ver con eso. Por Dios, Fiona, ¿cómo puedes pensar que sería capaz de hacerle daño al hombre que amas? Si estoy molesto, pero no a ese punto.Pero Fiona ya no lo escuchaba. Sus labios temblaban, su rostro se desfiguró en un gesto de dolor profundo.De pronto, sus rodillas cedieron y se desplomó en l
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