—¿Crees que lo hice yo, Fiona? —preguntó Martín con la voz quebrada, incapaz de ocultar el dolor que le provocaban aquellas palabras—. ¿De verdad no me conoces, hija?
Fiona temblaba. Su respiración era entrecortada, sus ojos estaban inundados de lágrimas que caían sin control.
—¡Tú lo odias! —gritó con desesperación, la voz se le quebró—. Dime, ¿por qué? ¿Por qué? Él es inocente, lo juro. ¡Nunca haría algo así, papá, nunca!
Martín dio un paso hacia ella, con las manos extendidas, intentando calm