Hernando abrió los ojos de golpe, como si hubiera despertado de una pesadilla insoportable.
Su respiración era frenética, el sudor le corría por la frente y el corazón le golpeaba el pecho con violencia.
Cuando intentó incorporarse, un mareo fuerte lo obligó a apoyar una mano en la cama.
—¿Dónde está Maryam? —gruñó con la voz áspera y quebrada.
Rizard, que estaba a su lado, intentó calmarlo al ver la expresión desencajada en su rostro.
—¡Señor, por favor, tranquilícese! —dijo, levantando las man