—¡Aaron es inocente! —gritó Fiona con la voz quebrada, la garganta, ardiéndole de tanto suplicar—. ¡Por favor, escúchenme, él no hizo nada!
Su grito se perdió entre el sonido del motor de la patrulla que se alejaba, arrastrando consigo al hombre que amaba.
Las luces rojas y azules se reflejaban en su rostro empapado de lágrimas, y todo a su alrededor parecía moverse más lento, como si el mundo se burlara de su impotencia.
Intentó correr tras ellos, pero Hernando la sujetó con fuerza por los homb