Cuando Maryam abrió los ojos, le tomó varios segundos comprender que aquello no era un sueño, ni una pesadilla distorsionada por su mente agotada. Era real.
Las sombras a su alrededor parecían apretarse contra las paredes mientras su visión borrosa intentaba darle forma al lugar.
Estaba en una bodega… pero no cualquier bodega.
El aire olía a gasolina rancia, a metal oxidado y a humedad encerrada.
El piso estaba sucio, frío, manchado de aceite. Una sensación helada le recorrió la espalda.
Trató