La tarde caía lenta sobre la casa Thoberck, bañando el living con una luz ámbar suave que entraba por los ventanales. La mesa del comedor estaba despejada, pero el centro del espacio lo ocupaba una gran mesa baja, cubierta de juegos de mesa: cartas, fichas, dados y un tablero de madera que Lucas había sacado con entusiasmo.—Esta noche es oficial —dijo Lucas, frotándose las manos—. Juegos, cena y risas. Nada de teléfonos.—Eso lo dices siempre —respondió Emilia con una sonrisa cómplice, mientras acomodaba unos platos en la cocina abierta—. Y siempre pierdes.Lucas fingió indignación justo cuando el timbre sonó.Ezequiel se detuvo en seco.—Yo voy —dijo, y Fiorela lo observó con atención. Había algo distinto en su hermano desde hacía días. Una calma firme. Una seguridad que no era arrogancia, sino decisión.Ezequiel abrió la puerta.—Hola —dijo Valentina, con una sonrisa tímida pero luminosa.Era morena, de ojos color miel que parecían capturar la luz con facilidad. Su cabello, largo y
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