La casa estaba en silencio, de ese silencio que no pesa, que no alerta, que no obliga a mirar por encima del hombro. Emilia lo notó apenas cruzó la puerta. No había radios encendidas, ni teléfonos vibrando, ni esa tensión invisible que se le había instalado en los hombros durante semanas.Solo hogar.Lucas estaba en el suelo del living, sentado sobre la alfombra, con Fiorela apoyada en su pecho mientras ella intentaba agarrarle la nariz con sus manitos torpes. Ezequiel, concentrado como si se tratara de una misión crucial, alineaba autitos frente a ellos.—Mamá —dijo el niño al verla—. Papá dice que hoy no trabajas más.Emilia sonrió. Esa frase, tan simple, le aflojó algo en el pecho.—Papá tiene razón —respondió, dejando el bolso en la entrada—. Hoy solo soy mamá.Fiorela la reconoció de inmediato. Balbuceó algo incomprensible y estiró los brazos. Emilia la tomó con cuidado, aspirando ese olor tibio, a leche y a casa, que ningún peligro había logrado arrebatarle.—Hola, pequeña —susu
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