El sonido de la cerradura volvió a romper el silencio.Anna y Agatha se miraron al mismo tiempo. No dijeron nada, pero ambas supieron que había llegado el momento. El aire dentro de la habitación estaba cargado, pesado, como si el encierro ya no pudiera sostenerse más.La puerta se abrió de golpe.Bruno apareció con una sonrisa torcida, los lentes de sol colgándole del cuello, como si estuviera a punto de irse de vacaciones y no a exhibir a dos mujeres secuestradas.—Vamos, vamos, princesas —dijo con un tono burlón—. ¿No querían vitamina D? Pues hoy tendrán de sobra.Entró del todo y cerró tras él. En sus manos llevaba unas esposas metálicas que tintinearon al moverse entre sus dedos. Anna sintió que el estómago se le contraía.—Levántense —ordenó.Agatha fue la primera en ponerse de pie. Se movía despacio, sin brusquedad, cuidando cada paso, cada respiración. Anna la siguió, con la mano instintivamente apoyada en su vientre.Bruno se acercó y, sin ningún cuidado, tomó primero las muñe
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