Las puertas del hospital se abrieron de golpe.
—¡Emergencia obstétrica! ¡Golpe de calor y deshidratación severa! —gritó uno de los paramédicos mientras empujaban la camilla de Anna por el pasillo.
Lissandro no soltaba su mano.
Ni un segundo.
Caminaba al lado de la camilla mientras médicos y enfermeros corrían alrededor, conectando monitores, preparando suero y dando órdenes rápidas.
—Anna, mírame… mírame, pequeña —susurraba él, aunque ella apenas respondía.
Detrás de ellos, Leandro llevaba a Aga