Doblando la mano de Bruno.
El sonido de la cerradura volvió a romper el silencio.
Anna y Agatha se miraron al mismo tiempo. No dijeron nada, pero ambas supieron que había llegado el momento. El aire dentro de la habitación estaba cargado, pesado, como si el encierro ya no pudiera sostenerse más.
La puerta se abrió de golpe.
Bruno apareció con una sonrisa torcida, los lentes de sol colgándole del cuello, como si estuviera a punto de irse de vacaciones y no a exhibir a dos mujeres secuestradas.
—Vamos, vamos, princesas —dij