El ambiente en la sala era irrespirable.
Pantallas encendidas, mapas abiertos, líneas de código corriendo sin descanso. El tic-tic del teclado era el único sonido constante, roto solo por respiraciones tensas y pasos nerviosos.
Leandro estaba inclinado sobre la laptop, los ojos rojos, la mandíbula rígida.
—Vamos… vamos, amor —murmuró sin darse cuenta de que hablaba en voz alta—. Tú eres inteligente. Sé que me darás una señal.
Tecleó con más fuerza, como si eso pudiera obligar a la tecnología a