La semana pasó sin incidentes aparentes, envuelta en una calma que, aunque reconfortante, se sentía rara, como si la tormenta estuviera a punto de comenzar. Desde el ataque, la seguridad en la mansión San Marco se había reforzado al extremo, pero con el paso de los días, algunas rutinas comenzaron a acomodarse.Camilo tomó oficialmente su lugar como guardaespaldas personal de Anna.Para ella, aquello fue casi un alivio. De cierta manera, sentía que recuperaba un poco de libertad. Camilo no era rígido ni distante como otros hombres de seguridad; no la trataba como un objetivo a proteger, sino como una persona. Sonreía, bromeaba, escuchaba. No se comportaban como guardaespaldas y jefa, sino como amigos, salían a distintos lugares, cada vez que Lissandro no podía acompañarla, Camilo realizaba su trabajo de manera ejemplar.Esa mañana, mientras caminaban por el jardín interno de la mansión, Anna lo observó con atención.—¿Tu herida sanó completamente, Camilo? —preguntó con genuina preocup
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