El plan de Agatha.
No habían comido nada en horas.
El estómago de Anna ardía, no solo por el hambre, sino por la ansiedad que se le había instalado como un animal salvaje en el pecho. Agatha, en cambio, estaba demasiado tranquila. Extrañamente tranquila. Sentada contra la pared, la espalda recta, los ojos atentos, recorriendo cada rincón del lugar con una concentración casi quirúrgica.
Anna lo notó.
—Aggy… —susurró—. ¿Estás bien?
Agatha no respondió de inmediato. Seguía observando. Contando pasos. Midiendo tiempo