El silencio después del reinicio no fue alivio. Fue altura.El beso había devuelto la membrana a su tensión perfecta —esa piel de agua que separa lo habitable de lo infinito—, pero dejó en el aire un brillo residual que no pertenecía a ninguna de las dos capas. Lena, todavía con la respiración acelerada, notó la línea de luz en su frente pulsar a ritmo propio. No dolía. Señalaba.Elías, apoyado de espaldas en la columna del N7, apretó los párpados para fijar el mundo. Las palabras volvían —lámpara, carpeta, cerradura—, pero arrastraban arena. La temperatura del andén subió medio grado, lo justo para que el cuerpo confundiera estabilidad con fiebre.—¿Estás? —preguntó Lena.—Estoy —dijo él, y el verbo fue un acto de fe.La máscara del guardián apareció al lado del render como un signo de exclamación que se arrepiente de gritar.—Reinicio aceptado. Copago activado —informó con su sobriedad amable.Lena asintió sin sonreír. Tenía la sensación absurda de que, al cerrar los ojos, vería el
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