El castillo no duerme; vibra en una vigilia tensa y aceitosa. Tras cada incursión de la periferia, los pasillos de piedra volcánica se transforman en colectores de murmullos, donde el aire arrastra el olor a sudor rancio, desinfectante clínico y metal recalentado. La estructura misma de la fortaleza norteña se encuentra dividida por una grieta invisible pero profunda. En las cocinas y en los barracones de la milicia baja, algunos soldados todavía limpian sus armas mientras repiten, como un mantra protector, promesas de lealtad absoluta a Joseline; la consideran la firma térmica que mantiene la presión en las calderas y la salvación biológica del sector. Sin embargo, en los niveles superiores, donde los analistas de datos y la burocracia civil calculan los costes de material humano, la percepción es drásticamente opuesta: para ellos, la joven Omega ya no es un escudo, sino el verdadero peligro latente, una masa crítica incontrolable que amenaza con calcinar los cimientos del pacto dinás
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