Capítulo 47. Cadenas de agua
DanteEl galpón respira como un animal dormido al que estamos a punto de cortarle la garganta. A las 23:02, el mundo es pasillo, sombra y acero. Raffaele va delante, encorvado, con la cizalla envuelta en goma apretada contra el pecho; Enzo me sigue un paso atrás con el maletín y la mirada de cirujano que aprendió en la calle, no en los libros. Yo llevo la pistola alta, el cuchillo bajo. No dejo que el corazón me marque el ritmo: lo marco yo.Un guardia aparece al fondo, perfil negro contra una luz de emergencia. El golpe de Raffaele le apaga la noche sin pedirle permiso. Otro, más cerca, gira por instinto hacia el ruido malinterpretado —mala suerte—, y me encuentra a mí: dos pasos, una llave, la boca cubierta, el cuerpo al suelo. No hacemos ruido. Ruido hace el mar afuera.Doblo la columna de cajas y veo el altar de su teatro: mesa metálica, maletín abierto, bisturís que brillan como dientes, gasas, una botella de yodo a la mitad. En el filo de uno, un hilo seco. No lo miro más. No vo
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