Capítulo 38. Sombras en el tablero
El humo de la chimenea cuelga bajo, como si la casa hubiera aprendido a respirar en silencio. Enzo deja un sobre gris sobre la mesa de la biblioteca y no se mueve del sitio. No huele a pólvora. Huele a tinta.—Están corriendo contratos con tu firma —dice—. Y con la de Alessia.Abro el sobre. El papel cruje con una frialdad que no conozco en los tiroteos. Rutas inventadas. Sellos tan perfectos que insultan. Un acuerdo con un clan menor que jamás toleraría, otro con un intermediario que está muerto. Al pie, mis iniciales reproducidas como una burla, y al lado, el apellido de ella, pulcro, usado como si fuera un sello barato.Un rumor es un tumor. No muestra sangre y, aun así, carcome. Lo veo moverse entre líneas, infiltrándose en la ciudad, por los muelles, por las escaleras del mercado, por la oreja de un estibador que siempre conoce a alguien. Esto no mata de frente; mata la confianza. Y sin confianza, todo trono es barro.—¿Dónde apareció primero? —pregunto.En el Consejo, por boca d
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