Horus se giró y regresó donde estaba la emperatriz, empalada con lanzas y espadas.—¿Por qué te atacan? Tú eres su emperatriz.—No… Nunca lo fui —dijo ella, con dificultad. Estaba muriendo—. Mis hijas… Mis hermosas bebés… Mátame.Horus tensó la mandíbula. Él había perdido a su familia, a su reino, a su prometida, a su estatus, a su gente. Cada fibra de su ser ardía en odio contra ella, contra el emperador, contra todos los que lo habían arrojado a la desgracia. Y, aun así, allí estaba, sin poder dar el golpe final. ¿Por qué empatizaba con ella? El deseo de matarla lo quemaba por dentro, pero también lo confundía la escena que tenía delante. Los segundos se hicieron eternos entre ellos, meditando en lo que debía hacer.La observó en silencio. Su rostro estaba manchado de tierra y sangre, el cabello púrpura enmarañado, los labios morados por la pérdida de vitalidad. La imagen de hacía quince años, cuando ella se erguía como emperatriz poderosa y temida, se había desvanecido por completo
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