Horus se giró y regresó donde estaba la emperatriz, empalada con lanzas y espadas.
—¿Por qué te atacan? Tú eres su emperatriz.
—No… Nunca lo fui —dijo ella, con dificultad. Estaba muriendo—. Mis hijas… Mis hermosas bebés… Mátame.
Horus tensó la mandíbula. Él había perdido a su familia, a su reino, a su prometida, a su estatus, a su gente. Cada fibra de su ser ardía en odio contra ella, contra el emperador, contra todos los que lo habían arrojado a la desgracia. Y, aun así, allí estaba, sin pode