Hespéride, erguida y desafiante, mantenía la vista fija en el horizonte. Su piel ardía de calor, gotas de sudor corrían por su cuello y cada respiración le resultaba más difícil que la anterior. Aun así, sus facciones se mantenían firmes, impasibles, como si la fatiga no existiera. Sus hijas lloraban, los pequeños sonidos agudos se mezclaban con el rugido de los gigantes, pero ella las sostenía con una fuerza imposible, con la convicción de que ningún monstruo las arrebataría de sus brazos.Los tres colosos las seguían, arrancando árboles de raíz para arrojarlos contra ellas, haciendo que las ramas cortaran el aire como lanzas. Las dos brujas esquivaban en un baile frenético, girando, subiendo, cayendo en picado para volver a elevarse antes del impacto. El bosque entero se agitaba bajo la furia de la persecución.La emperatriz de las sombras respiraba hondo. El mundo parecía cerrarse en un túnel de sonidos: el crujir de la madera rota, los rugidos de los gigantes, el silbido del vient
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