Hespéride levantó su mano derecha apenas un dedo, un gesto mínimo, sutil, casi delicado, y sin embargo cargado de un poder que estalló en el aire como un trueno silencioso. La magia del rayo, pura y controlada, recorrió el campo en un destello magenta que delineó la silueta de Horus antes de que su cuerpo desapareciera en una estela luminosa. Lo transportó frente a ella, no con brusquedad, sino con precisión infalible, colocándolo justo entre el hacha que avanzaba y su propio pecho. La bruja confiaba en él a un nivel absoluto, tan absoluto como el mismísimo tiempo.Horus, al materializarse, vio el filo enorme aproximarse. En su pupila, el trayecto completo del arma quedó registrado en un parpadeo. No tuvo que pensar; su instinto primordial del tiempo y su entrenamiento de décadas actuaron como uno solo. Su brazo se extendió, la electricidad recorrió su cuerpo como un abrazo azul y violáceo, y cerró los dedos alrededor del mango del hacha con un chasquido seco.Giró sobre sí mismo, un
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