El lobo marrón retrocedió un paso, dejando un rastro de sangre oscura sobre la tierra caliente. Su pecho subía y bajaba con violencia; por primera vez, el emperador Atlas estaba herido de verdad. Sus músculos titánicos temblaban bajo el peso de la fatiga y del dolor. Leighis, a su lado, convertida aún en loba dorada, intentó ponerse firme, pero sus patas flaquearon y cayó sobre un costado. Su pelaje brillaba apagado, sin el fulgor celestial que la caracterizaba. Apenas podía respirar; cada jadeo era un sol que se apagaba.Horus y Hespéride, el lobo blanco y la loba negra, también estaban al límite. Sus cuerpos, marcados con cortes profundos y moretones que asomaban bajo el pelaje, revelaban la magnitud de la batalla. Se movían por pura voluntad, por puro destino, por pura necesidad de proteger lo que quedaba. La respiración del lobo blanco era un silbido quebrado, mientras que la loba negra mostraba manchas de sangre en sus patas y hocico.Pero lo más devastador no eran sus heridas, s
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