Horus respiró de forma entrecortada, cada inhalación temblorosa, cada exhalación ardiente y breve, como si sus pulmones lucharan contra un peso invisible que los aplastaba. El aire cálido del norte, cargado de polvo, sangre y olor a fuego, le raspaba la garganta. Intentaba calmarse, estabilizar su pulso, dejar que la mente se adelantara al tiempo como siempre lo había hecho. El titán debía ser postrado. Debía caer. No había otra forma de matarlo; Atlas no moriría de pie. Esa era la oportunidad,