Horus respiró de forma entrecortada, cada inhalación temblorosa, cada exhalación ardiente y breve, como si sus pulmones lucharan contra un peso invisible que los aplastaba. El aire cálido del norte, cargado de polvo, sangre y olor a fuego, le raspaba la garganta. Intentaba calmarse, estabilizar su pulso, dejar que la mente se adelantara al tiempo como siempre lo había hecho. El titán debía ser postrado. Debía caer. No había otra forma de matarlo; Atlas no moriría de pie. Esa era la oportunidad, la única que tendrían antes de ser aniquilados de nuevo. Ni el dolor ni el agotamiento ni el sufrimiento que atravesaba su cuerpo lo detendrían. No ahora. No cuando el destino mismo parecía sostener su espalda con manos invisibles.
La escarcha comenzó a trepar por su piel. No una escarcha suave, no un frío ligero: era una capa de hielo tan espesa que crujía con su respiración. Una armadura cristalina que lo abarcó por completo, que se extendió desde su nuca hasta sus tobillos, iluminada por un