588. Ven conmigo.
Me arde la piel desde que lo veo cruzar el claro, y no es rabia, ni miedo, ni siquiera celos; es algo más crudo, más primitivo, una corriente que nace en el centro del pecho y se expande lenta hasta instalarse entre mis piernas como una promesa peligrosa que late al ritmo de su respiración.Kael me observa como si pudiera oler cada pensamiento que intento esconder, como si mi deseo fuera una marca luminosa en la oscuridad, y odio que me conozca de esa forma tan íntima, porque su dominio sobre mí no necesita cadenas ni palabras duras, le basta con acercarse, con inclinar apenas la cabeza, con dejar que su voz grave roce mi nombre.—Névara —dice, y mi cuerpo responde antes que mi orgullo.Siento detrás de nosotros la presencia de Adrien, silenciosa y afilada, como una sombra que no termina de decidir si va a protegerme o a reclamarme, y el aire entre los tres se vuelve denso, cargado de electricidad, una tensión que no necesita aullidos para anunciar guerra.Adrien sonríe, pero en su mi
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