588. Ven conmigo.
Me arde la piel desde que lo veo cruzar el claro, y no es rabia, ni miedo, ni siquiera celos; es algo más crudo, más primitivo, una corriente que nace en el centro del pecho y se expande lenta hasta instalarse entre mis piernas como una promesa peligrosa que late al ritmo de su respiración.
Kael me observa como si pudiera oler cada pensamiento que intento esconder, como si mi deseo fuera una marca luminosa en la oscuridad, y odio que me conozca de esa forma tan íntima, porque su dominio sobre m