193. El collar de cadenas.
El sonido metálico se abre paso en el silencio como un murmullo de hierro que anuncia condena, y cuando levanto la vista lo veo entre sus manos: un collar de cadenas, pesado, frío, tan pulido que la luz de las velas se refleja en cada eslabón como si fueran pequeñas lenguas de fuego danzando sobre el acero. Lo sostiene con solemnidad, como si fuera una joya destinada a coronar una reina, pero yo sé lo que significa: no es un adorno, es un grillete disfrazado de tributo, una marca que me ata a su nombre, a su poder, a su obsesión. —Te pertenece —dice, acercándose despacio, con la mirada fija en mí, y yo sé que no espera respuesta, porque en su boca la frase no es promesa sino sentencia—. Desde ahora, todo el que te mire sabrá que eres mía. Me quedo quieta, sentada sobre el borde de la cama, desnuda, con el cabello cayendo como un río oscuro por mis hombros, y aunque mi piel se estremece no retrocedo, porque mi máscara nunca se quiebra, y lo miro con esa mezcla de obediencia y deseo
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