197. La confesión torcida.
La noche se desliza como un velo húmedo sobre la piel, con un silencio que no es el mismo de otras veces, porque ahora no está hecho de furia ni de sospechas, sino de algo más espeso y peligroso, un silencio que parece sostenerse con alfileres, como si bastara un suspiro demasiado largo para romperlo. Estoy recostada sobre el lecho, envuelta en sábanas que huelen a sudor y a vino derramado, y lo observo a él, mi verdugo, mi amante, mi carcelero, mientras se sienta en el borde de la cama con la