197. La confesión torcida.

La noche se desliza como un velo húmedo sobre la piel, con un silencio que no es el mismo de otras veces, porque ahora no está hecho de furia ni de sospechas, sino de algo más espeso y peligroso, un silencio que parece sostenerse con alfileres, como si bastara un suspiro demasiado largo para romperlo. Estoy recostada sobre el lecho, envuelta en sábanas que huelen a sudor y a vino derramado, y lo observo a él, mi verdugo, mi amante, mi carcelero, mientras se sienta en el borde de la cama con la cabeza entre las manos, como si todo el peso de sus crímenes hubiera decidido caerle encima de una sola vez.

Me sorprende verlo así, inclinado, vulnerable, el cabello suelto y enmarañado cayendo sobre su rostro, el pecho desnudo agitado por una respiración que no se decide entre la rabia contenida o el cansancio del deseo. Normalmente, su cuerpo entero es un muro de hierro, su mirada un filo que corta, sus manos garras que aprietan; pero esta noche hay un temblor oculto en su postura, un estreme
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