196. Eres mío, solo mío.
La noche me recibe con un silencio extraño, como si incluso las paredes hubieran aprendido a contener la respiración, y sin embargo el aire vibra, pesado, enrarecido, cargado de una sospecha que me cala antes de que él aparezca. No necesito verlo para saber que se acerca: su sombra precede al sonido de sus botas, la manera en que la puerta se abre de golpe anuncia la tormenta que trae consigo, y yo, recostada en la cama, envuelta apenas en un velo ligero, sonrío con una calma que no es más que