Las luces del techo encandilaban, crudas y sin vida. El olor a cloro lo llenaba todo, metiéndose en la garganta como un nudo frío que te recordaba dónde estabas.Cuando sacaron a Marta del quirófano, no tenía ni una gota de color en la cara. Tenía los labios secos, todos partidos.—El bebé... ¿dónde está mi bebé? —preguntó apenas con un hilito de voz, aferrándose a la mano de la enfermera.La enfermera evitó su mirada y le susurró: —Lo siento, no se pudo salvar. Ahora descanse, es joven, podrá tener más hijos después.A Marta se le vino el mundo encima. ¿Que otros?Solo ella sabía lo que le había costado ese hijo.Soltó a la enfermera y se quedó ida, con los ojos clavados en el techo, mientras las lágrimas se le resbalaban hasta el pelo sin hacer ni un ruido.El cuarto se quedó en un silencio pesado, donde lo único que se oía era el "bip, bip" de la máquina. Noel estaba parado frente a la ventana, dándole la espalda. El cigarrillo se había consumido entre sus dedos hasta llegar al f
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