—¡Raina! Te ves un poco pálida —dijo Lucas levantando la voz, con una preocupación más falsa que nada.Juan, siguiéndole el juego, le acercó un vaso con agua. —Toma un poco, hermana. Te va a hacer bien.A Raina se le revolvió el estómago con ese cambio tan repentino. Al ver que Nelson se acercaba, entendió de inmediato por qué los "hermanitos" se habían vuelto pura dulzura en un segundo.—Raina, ¿cómo va la charla con tus hermanos? —preguntó Nelson con una sonrisa de oreja a oreja. Los miraba a los tres encantado de la vida, convencido de que por fin había paz en la familia.Milena, a su lado, no perdía la postura de anfitriona perfecta, pero sus ojos eran dos puñales clavados en Raina. —Todo bien —respondió ella, cortante.—Qué bueno—dijo Nelson soltando un suspiro de alivio. Luego miró a sus hijos—. Tienen que cuidar mucho a su hermana, ¿me oyeron?—No se preocupe, papá —respondió Lucas con una sonrisa de santito—. La vamos a cuidar como se merece, ya verá.Lo dijo con una intenci
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