El brillo de las lámparas era blanco, seco, de esos que no dejan esconder nada. En ese salón no corría ni una gota de aire caliente.
Milena estaba ahí, recortada contra el ventanal por la luz de la luna. Su figura se veía flaca, casi como una sombra, y el negro de su vestido apenas soltaba unos destellos bajo las luces.
—Vaya, señora Fonseca, me salió toda una experta en el cálculo —dijo Raina desde la puerta, con una voz tan seca que cortaba el aire—. No le importó ni el niño. Por su ambición,