Marta apuró el paso para alcanzarla.
Sus tacones martilleaban el mármol del pasillo, ráfagas de disparos que rompían el silencio.
—¿Y bien? ¿Ya lo pensaste? —soltó casi sin aire—. ¿Nos vamos a ayudar o qué? Milena no piensa dejarnos ni las migajas.
—No me interesa —respondió Raina sin siquiera voltear. El vestido verde esmeralda se movía con elegancia a cada paso, marcando una distancia que Marta no podía acortar.
Marta perdió los estribos ante tanta indiferencia. Le agarró la muñeca con fuerza