Raina caminaba detrás del mesero por el pasillo, sintiendo cómo la alfombra se tragaba el sonido de sus pasos.
En las paredes, las arañas de cristal bañaban todo con una luz dorada y pesada, de esas que parecen esconder más de lo que muestran.
Milena la esperaba frente a la puerta de un salón privado. Llevaba un vestido de seda azul marino que desbordaba elegancia, pero esa mirada calculadora le quitaba cualquier rastro de clase. Era puro veneno envuelto en seda.
—Señorita Lara, antes de entrar